No era nada.
Sólo la sangre
de los justos,
para que en el Club Unión
bebieran los injustos.
Después, aquella tarde de abril,
bajo la lluvia,
abrieron la rosa de los vientos
y Salvador firmó, con un cuchillo
en el libro de los doce comunistas.
Desde entonces
lo echaron también
del paraíso...
y anduvo con los pobres
multiplicando peces
y el manifiesto comunista
de cuarto en cuarto,
en la lucha inquilinaria...
Y cuando los oportunistas
vinieron a solicitarle su renuncia,
él sacó de su pecho una estampa de Lenin,
y huyeron corno diablos los pícaros fariseos.
Andando, andando
en la Chorrera, cerca del Canal,
con los desheredados de la tierra
fundó una aldea que se llamó: Moscú.
Y en un lugar de Veraguas
Salvador, panadero de oficio
repartió el pan entre los campesinos
y todos se volvieron comunistas.
Conspirador de luz y sombra,
lleva cincuenta años
de marchar en la lucha con los últimos,
pues sabe también
que en el socialismo,
los últimos serán supremamente los primeros.
Al camarada Salvador
le tiembla la voz de puro viejo,
y a veces llora al hablar
de sus campañas.
Pero el enemigo de clase se asusta con su sombra,
y hasta el mensajero de la muerte
le da miedo llegar donde Carrera,
por temor a que lo afilie en el Partido.