Juan Nepomuceno González

Esta crónica en tiempo de versos pertenece a la obra "Crónica de siete nombre memorables" de Changmarín, escrita en ocasión del 50 Aniversario de la Fundación del Partido Comunista en 1980.

Juan Nepomuceno González
se parecía a Tupac Amaru,
a Victoriano Lorenzo y a Benito Juárez.

Nació en la sierra
como nacen los volcanes y los tigres;
era medio cazador y también medio poeta.
Sin saber escribir sabía palabras
de sus viejos tiempos y de los tiempos nuevos.

De la cordillera bajó una noche oscura,
con una guaricha de luz en su mirada,
y grabó sus huellas digitales
de barro sobre la ficha roja.
Desde entonces
le dijeron: camarada...

Por una escuela en su montaña,
pasó nueve meses en la cárcel.
Y el carcelero le dijo:
-Ahora estás libre, pero si vuelves
a la oficina del Partido, te mando a Coiba...-
Y Juan Nepomuceno al salir con su sombrero,
por la calle de polvo a sol abierto
se dirigió a la casa amenazada.

Estuvo Juan en Cuba,
vio a Fidel
y trajo en su mochila tantas cosas!
A su regreso, después,
los policías y curas y terratenientes
decían que arriba en la serranía
estallaban poderosas bombas,
y disparaban carabinas
los guerrilleros
de Juan Nepomuceno...

En helicópteros los coroneles gringos
llegaron con agentes locales de la CIA;
fiscales, gobernadores, periodistas....
la televisión se encargó de la leyenda.

Y regaron hojas sueltas,
y amenazas;
un largo obispo en inglés
santiguó todas las sierras.
Prohibieron las chicherías, y los dialectos,
las balserías,
las plumas del quetzal,
y los pitos de canilla de venado
y las chaquiras rojas.

Después vino el asedio:
lo trajeron amarrado,
le quitaron los cuadernos
y su escopeta.
Lo soltaron.
Mandaron a buscar a su mujer;
amaniatado vino, nuevamente;
cruzó la plaza,
el cura, desde la torre regó
toneladas de agua bendita y crucifijos.

Y así, a la defensiva,
dejó el rancho
y se remontó en la niebla
de sus antepasados,
y no pudo volver nunca más a la oficina.

Tan sólo por una escuela
y su comarca...

Pero cuentan los "camarás'
que por las noches frías,
entre lucero y luz, en la montaña,
se oye la voz de trueno de Juan el sabanero,
enseñando a la indiada sus lecciones,
con el tablero del cielo y las estrellas,
y una gran mano que escribe en las negruras
las palabras del barro para todos,
en el dialecto del marxismo—leninismo.


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